EL GIGANTE DE LA PLAZA
Nuestro pueblo tenía una bonita plaza, que era un verdadero jardín rodeado de flores multicolores, sus veredas limpias en todo su contorno, invitaba a pasear por ella y así lo hacían nuestras mamás.
Daban vueltas y vueltas a su alrededor y nosotros los niños jugábamos con pelotas, las niñas saltaban con sus sogas, había muchas maneras de entretenernos.
Al llegar la tarde, las mamás regresaban a las casas, nos permitían quedarnos a los chicos hasta la hora de la merienda, pero lo que más llamaba nuestra atención era un señor impresionante, con una altura que nosotros calculábamos que pasaba los dos metros, su rostro aparecía tallado en piedra, tenía un solo ojo, donde debía estar el otro,había un parche negro, su ojo oscuro y penetrante, nos causaba verdadero pánico porque nos miraba muy feo cuando nos acercábamos a él.
Corrían muchas historias sobre su persona, que había sido un gran guerrero en oriente, que tenía varias muertes en su conciencia, que era un sicario de la mafia, que había buscado refugio en nuestro pueblo, en fin... eran miles de cosas que se decían de él, siempre detrás lo seguía su perro, grandote con aspecto tan siniestro como su amo, ambos daban vueltas y vueltas por la plaza, nosotros solo lo mirábamos de lejos, frente a la plaza había un orfanato, que albergaba muchos niños, nos miraba tras la reja que rodeaba el lugar.
Un día en especial, permanece en mi memoria, recuerdo que uno de los huerfanitos, escapó de la vigilancia de la cuidadora y salió por entre las rejas y se fue al parque, se hizo amigo del perro del gigante, sin que él se diera cuenta y esto se repetía a diario, jugaba con el perro, rodaban por el suelo, el niño bien abrazado a su amigo, hasta que el gigante se dio cuenta de lo que ocurría y con voz de trueno le grito al chico : ¿cómo te atreves a llevarte mi perro? ¿con qué derecho te lo llevas de mi lado?, el niño temblando le respondió: señor, soy huérfano, soy del orfanato y su perro es mi único amigo que tengo, por eso juego con él, nosotros estábamos convertidos en piedra, esperando a que el gigante lo devorara, pero se acercó al niño y le dijo: llévatelo cuando quieras, hijo mío, juega con él... y volvió a decirle; cuando quieras hijo mío, cuando tú quieras y todos juramos que vimos que había lagrimas en su único ojo.

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