El lamento del gitano

Toda la tribu estaba sobrecogida de angustia, les dolía el dolor de Joaquín, el apuesto y valiente gitano, que con su violín en mano entraba a la jaula de las fieras, tocaba hermosas melodías, muy alegres. Los animales parecían encantados con la música y permanecían tranquilos después que terminado su número con las fieras. Joaquín seguía tocando su violín, que hacía la delicia del publico asistente al gran circo. Cuando le preguntaba cómo podría tocar el violín tan tranquilo en la jaula de las fieras tan cerca de él, él respondía: "No crean que soy tan temerario, ustedes no han visto cómo está el domador siempre muy cerca". Joaquín estaba profundamente enamorado de Yordina, la hija del dueño del circo, ella le profesaba un gran cariño pero le dijo más de una vez que era cariño de hermano. Hasta que un día Yordina, que estaba enamorada de un joven de la ciudad que nada tenia que ver con el circo,  le pidió que sea su esposa. Ella aceptó y así le dijo a su padre, le pidió su bendición para casarse. El papá le dijo que no iba a ir en contra de sus deseos pero al casarse con un hombre que no era gitano ella debía abandonar el circo. Ella le dijo que eso ya estaba previsto y que su novio ya lo sabia. Joaquín se sintió a morir cuando supo todo esto, pensó en matarlos a los dos para que ella no fuera de otro hombre pero se dijo: eso ocurría hace mucho, mucho. El mundo ha evolucionando dejando atrás las venganzas. Sufriré en silencio y deseo que ella sea feliz. Yo la amaré mientras viva, pero ella no verá mi dolor porque eso le restaría felicidad y yo solo quiero que sea feliz. Yiordina se casó y efectivamente, era muy feliz. Al poco tiempo tuvo su primer bebé, esto completó su unión. Todo esto lo supo Joaquín. Que se consolaba tocando su violín, música muy triste que hacía llorar a sus compañeros y a sus familiares. Fue perdiendo las ganas de vivir y poco a poco se dejó morir. Un día fueron a verlo a su carpa y lo encontraron sin vida abrazado a su violín al que ya nunca más lo tocaría dejando escuchar sus notas alegres y después haciéndolos llorar con sus melodías tristes.

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