El señor de los jilgueros
Siempre te decía así, "señor de los jilgueros". En aquel entonces vivían en una ciudad de provincia. Mi esposo tenía un empleo que le permitía recorrer el campo y lo hacia periódicamente. Se calzaba sus botas, cogía sus sombreros, ponía su morral al hombro y en la mano una jaula que él mismo fabricaba con tiras muy finas de caña que abundaban en la región. Dentro de ella hacía un columpio para los pequeños pajaritos. Tenían un depósito para el agua y otro para las semillas de lechuga. Les colocaba en la jaula una pequeña trampa en forma de rueda giratoria para que al pararse en ella, el pajarillo cayera dentro. Era una verdadera obra de arte, toda hecha a mano y solo con caña y alambres muy finos como material. Salía muy temprano y yo lo despedía con un "que le vaya bien señor de los jilgueros y no se olvide que lo espero a la hora de almorzar". Llegaba al medio día y yo lo saludaba con un: "¿Cómo le fue señor de los jilgueros?" Y él me mostraba la jaula donde venían los jilgueros que había cazado. Los ponía en una gran jaula que teníamos en casa, estaba provista de agua y semillas y sus columpios donde los jilgueros se mecían alegremente emitiendo sus hermosos trinos. Cuando traía un pajarito herido porque los chicos los casaban con ondas y quedaban heridos en el suelo y él los recogía y los traía a casa y curaba sus alas, entablillaba sus alas y esto lo hacía con una delicadeza increíble y por turnos los soltaba para que regresaran a su vida habitual. Así transcurrieron años hasta que fue trasladado a la capital entonces lo vi triste. Soltó a todos sus amiguitos como él les decía uno a uno, los tomaba entre sus manos y les decía: "Cuídate amiguito, aléjate de los que quieren hacerte daño, mira que yo no estaré para curar tus heridas. Nos vinimos a la capital. La ciudad fue para él una gran jaula, acostumbrado al campo, la ciudad era para el morir un poco, pero para él primero estaba el bienestar de su familia, la educación de sus hijos. Regresamos cuanto podíamos a nuestra casa de campo, entonces, él, igual que siempre, recorría el campo, pero el amor a su familia lo hacía regresar a la gran jaula, la ciudad. Muchas veces lo vi con la mirada perdida en el horizonte, mirando hacia el cielo, mirando el volar de los pájaros. Me decía que queriía tener alas y volar con ellos. Yo lo consolaba diciéndole que cuando los hijos ya no nos necesiten regresaremos al campo. Pero el engranaje de la vida nos cogió y nunca pudo ser. Su vida estuvo dividida entre sus dos grandes amores: su familia y el campo. Un día este gran soñador enfermó y ya no pudo caminar. Yo lo acercaba a la ventana y de ahí miraba hacia el cielo, hacia los espacios abiertos que tanto amaba y un día fue por fin libre.
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